Nos encontramos en la época de la Sociedad del
Conocimiento (UNESCO, 2005). A este respecto la UNESCO hizo un gran llamado a
las naciones y a las empresas a hacer todos los esfuerzos que consideraran
necesarios para que las personas y los colectivos humanos pudieran
pasar de la sociedad de la información, ampliamente difundida por la internet,
a la sociedad del conocimiento. Esta es una tarea por hacer en todo el planeta,
y mientras la hacemos, lo cual nos llevará posiblemente algunas décadas, quiero
compartir contigo un cuento maravilloso de Hermann Hesse titulado la
"Fábula de los Ciegos", que muestra con gran claridad lo que le pasa
a una sociedad o a un grupo de personas que tienen alguna "información",
pero que aún no han hecho la tarea de convertirla en conocimiento.
"Durante
los primeros años del hospital de ciegos, como se sabe, todos los internos
detentaban los mismos derechos y sus pequeñas cuestiones se resolvían por
mayoría simple, sacándolas a votación. Con el sentido del tacto sabían
distinguir las monedas de cobre y las de plata, y nunca se dio el caso de que
ninguno de ellos confundiese el vino de Mosela con el de Borgoña. Tenían el
olfato mucho más sensible que el de sus vecinos videntes. Acerca de los cuatro
sentidos consiguieron establecer brillantes razonamientos, es decir que sabían
de ellos cuanto hay que saber, y de esta manera vivían tranquilos y felices en
la medida en que tal cosa sea posible para unos ciegos.
"Por
desgracia sucedió entonces que uno de sus maestros manifestó la pretensión de
saber algo concreto acerca del sentido de la vista. Pronunció discursos, agitó
cuanto pudo, ganó seguidores y por último consiguió hacerse nombrar principal
del gremio de los ciegos. Sentaba cátedra sobre el mundo de los colores, y
desde entonces todo empezó a salir mal.
"Este
primer dictador de los ciegos empezó por crear un círculo restringido de
consejeros, mediante lo cual se adueñó de todas las limosnas. A partir de
entonces nadie pudo oponérsele, y sentenció que la indumentaria de todos los
ciegos era blanca. Ellos lo creyeron y hablaban mucho de sus hermosas ropas
blancas, aunque ninguno de ellos las llevaba de tal color. De modo que el mundo
se burlaba de ellos, por lo que se quejaron al dictador. Éste los recibió de
muy mal talante, los trató de innovadores, de libertinos y de rebeldes que
adoptaban las necias opiniones de las gentes que tenían vista. Eran rebeldes
porque, caso inaudito, se atrevían a dudar de la infalibilidad de su jefe. Esta
cuestión suscitó la aparición de dos partidos.
"Para
sosegar los ánimos, el sumo príncipe de los ciegos lanzó un nuevo edicto, que
declaraba que la vestimenta de los ciegos era roja. Pero esto tampoco resultó
cierto; ningún ciego llevaba prendas de color rojo. Las mofas arreciaron y la
comunidad de los ciegos estaba cada vez más quejosa. El jefe montó en cólera, y
los demás también. La batalla duró largo tiempo y no hubo paz hasta que los
ciegos tomaron la decisión de suspender provisionalmente todo juicio acerca de
los colores.
"Un sordo que leyó este cuento admitió que el error de los ciegos
había consistido en atreverse a opinar sobre colores. Por su parte, sin
embargo, siguió firmemente convencido de que los sordos eran las únicas
personas autorizadas a opinar en materia de música."
Mucho cuidado con aquellos "ciegos" que piensan que ven, y
buscan imponer su punto de vista sólo porque tienen poder.
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